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Presentación

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Antigua, fecunda y recíproca ha sido mi amistad y aprecio hacia Mendive, superados sólo por la admiración hacia su obra. Su real modestia y veraz deseo de que solamente ella sea objeto del interés publico, ha acentuado el misterio que rodea –semejante a una aureola- la figura del artista.
Afable y sonriente, trata de ser sin proponérselo como un arcángel que sirve-devoto y solícito- a su divinidad.

En las manos de este artista, los pinceles y creyones ejecutan el oficio que él les ordena desde lo más intimo de su ser, como si tal labor hubiese sido ejercitada a través de los siglos.

Mendive no sólo ve, también escucha la palabra que habla -queda y misteriosa- a su oído y que en sus revelaciones le otorga la interpretación del largo poema de la vida: el arcano impenetrable de la muerte, dos partes de una sola verdad.

Él ha querido sumergirnos en el torrente de este río, caudaloso y purificador, que nos lleva a la mar. O sea, el agua que fecunda, purifica y alegra al Hombre que nació de la arcilla húmeda, y a las criaturas larvadas que, en inacabable evolución, se tornaron en peces y pájaros. Tierra, fuego, aire y agua son los cuatro elementos que los antiguos identificaron como fuerzas creadoras del Universo.

De esa deducción surgen los fundamentos de la filosofía, que no es otra cosa que el pensamiento sobre la naturaleza, la virtud y el poder que colocó en manos de la criatura humana –hombre o mujer- el espejo en que pudo mirar su rostro y atisbar el enigma de la identidad.

De ahí, que lo más sublime y excelso no puede ser jamás distanciado de lo real-cotidiano. Es en ese bregar en que, sudoroso y jadeante, el individuo puede, si hace un alto en el camino, considerar lo efímero de las cosas, la urgencia de lo trascendente, la verdad del espíritu… Sólo a él le ha sido dada la gracia de admirar la belleza.

Estamos ante una esmerada colección en la que Mendive proclama su fe en dichos postulados y en la que -a la vez- nos deja en libertad de ir a su encuentro, inclinado como el anciano Babalú ayé, en el árbol corpulento y frondoso que preside el Jardín del Paraíso.

Dr. Eusebio Leal Spengler
Historiador de la Ciudad de la Habana.

 

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